Reportajes Especiales Retropoliciaca

PRESOS DE ALCURNIA: POLÍTICOS, ABOGADOS, ARTISTAS Y DEPORTISTAS

  • El legendario edificio, hoy convertido en el Archivo General de la Nación, fue presidio de famosos criminales, pero también de personajes famosos de diversos estratos sociales y, sobre todo, de hombres honestos y notables
  • Otro integrante distinguido fue José de Jesús Negrete Molina, quien fue atrapado en circunstancias por demás peculiares, lo que dio origen al otro dicho popular: “Te agarraron como… al Tigre de Santa Julia”
  • La negra historia de “El Pelón Sobera” se hizo conocida el domingo 11 de mayo de 1952, cuando por un incidente de tránsito en la misma colonia Roma, donde vivía, mató a balazos a un militar

José Sánchez | La Opinión de México | Sol Quintana Roo | Sol Yucatán | Sol Campeche

(Tercera de seis partes)

Ciudad de México.- Hablar de la historia del Palacio Negro de Lecumberri, es hablar de la historia de México. El legendario edificio, hoy convertido en el Archivo General de la Nación, fue presidio de famosos criminales pero también de personajes famosos de diversos estratos sociales y, sobre todo, de hombres honestos y notables.

Así, a través de más de siete décadas, personajes de diferentes estratos sociales formaron parte de la galería criminal, entre ellos Alberto Agüllera Valadez, conocido mejor por su nombre artístico, Juan Gabriel, recontemente fallecido, y otros que si bien no llegaron a una celda, sí tuvieron que comparecer ante los juzgados de la penitenciaría, como Manolo Muñoz (QEPD), Alberto Vázquez y muchos otros cuyos líos no fueron legales, sino conyugales, producto de relaciones amorosas malentendidas.

Otros en cambio fueron sanguinarios asesinos, redomados ladrones, hábiles estafadores y falsificadores; luchadores sociales, revolucionarios, próceres, hubo de todo, hasta uno de sus directores que pasó de máxima autoridad de la prisión, a huésped “distinguido” de la temible cárcel, al que nos referiremos posteriormente.

“EL TIGRE DE SANTA JULIA”

Por ahora ocupémonos de todo un personaje del mundo de la delincuencia, pero con tintes de buen ladrón, a la manera de “Chucho” El Roto, se trata de José de Jesús Negrete Molina.

Su nombre tal vez carezca de importancia para nuestros lectores, pero si le añadimos el alias: “El Tigre de Santa Julia”, un tipo de 1.85 metros, de complexión atlética y sumamente violento ante lo que considerara una injusticia.

Don Jesús, como lo llamaban sus allegados y la gente del pueblo a los que beneficiaba, originario de Cuerámaro, Guanajuato, no sólo se hizo famoso por repartir el producto de sus robos entre los pobres, sino porque siempre enfilaba sus hurtos hacia gente adinerada, hacendados, terratenientes.

Con una percepción muy personal acerca de la justicia, armado con descomunal puñal, siempre dejaba claras huellas de su autoría, como si fuera su firma. Su peligrosidad era tal que a pesar de que muchas veces estuvieron a punto de atraparlo, casi siempre salió avante gracias a su enorme cuchillo y a su indiscutible bravura, además de que contaba con la ayuda de la gente que siempre le avisaba cuando la policía le pisaba los talones.

Pero no hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague, reza el refrán y así ocurrió con Jesús Negrete, quien fue atrapado en circunstancias por demás peculiares, lo que dio origen al otro dicho popular: “Te agarraron como al Tigre de Santa Julia”.

Autor de números crímenes y decenas de asaltos, Jesús vivía a salto de mata, sin confiar en nada ni en nadie, pero como todo ser humano, tenía necesidad de realizar sus necesidades fisiológicas y resulta que cuando tuvo que ir a una de sus apremiantes necesidades, para lo cual se adentró en uno de los llanos del barrio de Santa Julia fue sorprendido por sus perseguidores que no le dieron oportunidad de escapar.

La incómoda posición en que lo agarraron no le dio oportunidad de movimiento alguno y, pese a su peligrosidad, el temible matón, con sus más de 100 kilos de peso fue llevado al Palacio de Lecumberri. En ese sitio, siguió siendo respetado por la población penitenciaria y en poco tiempo alcanzó el cargo de “mayor de crujía”.

Una anécdota cuenta que un anciano de nombre Raymundo, confinado en otra crujía, no tuvo para pagarle la “protección” al mayor de ese lugar por lo que fue víctima de tremenda golpiza a manos del comando y de celadores.

Don Jesús se enteró y puñal en mano fue a retar al mayor de la otra crujía, de apellido García, pero como éste estaba enterado de cómo se las gastaba “El Tigre” de plano no aceptó el duelo a cuchilladas y trató de esconderse en la misma celda, hasta donde llegó Negrete y les dio tal golpiza al mayor y al comando que tuvieron que ser hospitalizados.

Ello le valió aún más respeto por los demás presidiarios y por casi un año todo transcurrió con normalidad, hasta que la noche del 22 de diciembre de 1910, fue sorprendido en su celda por un reo llamado Jacinto, quien a traición lo apuñaló cuando dormía.

Sin embargo, su crimen lo pagaría casi enseguida, pues los demás presos al ver lo que había ocurrido, prácticamente lo cosieron a puñaladas y después siguieron con el mayor García, ya que se supo qué en venganza por haberlo golpeado, había ordenado a Jacinto que lo matara.

El famoso grabador, escritor y caricaturista José Guadalupe Posada lo inmortalizó en uno de sus grabados al que tituló: “El Sensancionalísimo Jurado del Tigre de Santa Julia”.

EL HOMBRE DEL CORBATÓN

Otro famoso personaje cuyo nombre se pierde en la historia, es el de José Menéndez, prestigiado abogado mejor conocido por simpatizantes y detractores como “El Hombre del Corbatón”, por su peculiar manera de vestir.

Vestía pantalón de talle, pinzas y embudo, camisa blanca con encajes en los puños y en el pecho, zapatos de tacón cubano, sombrero calañez de ala ancha y su inseparable corbatón, todo de color negro.

Este experimentado abogado y destacado penalista, se convirtió durante muchos años en todo un dolor de cabeza para jueces y magistrados.

Originario de España, emigró a México a la edad de los 16 años de edad.

En calidad de migrante y en tierra extraña, sin amigos, tuvo muchos problemas para procurarse lo necesario y subsistir, lo mismo que para continuar con sus estudios. Desde muy pequeño le había quedado claro que quería ser abogado y lo conseguiría.

Carencias, penurias y demás obstáculos no importaron para que José Menéndez lograra inscribirse en la Universidad Nacional Autónoma de México, en la Facultad de Derecho. Su tenacidad y dedicación dieron frutos, pues desde un inicio comenzó a ser uno de los primeros alumnos hasta que se graduó con mención honorífica como licenciado en Derecho.

En cuanto tuvo su título y su cédula profesional en las manos comenzó a ejercer su profesión de manera brillante; sin embargo, su actuación distaba mucho de sus demás colegas, pues mientras que la mayoría explotaba sus conocimientos y se enriquecía cobrando elevados honorarios, don José elegía los casos más difíciles, por lo que casi nunca cobraba; sus clientes resultaban pobres y víctimas de la injusticia.

En principio no era conocido e incluso su atuendo movía a la hilaridad del personal de juzgados, pero poco a poco sus conocimientos fueron imponiéndose y su figura se fue haciendo sumamente conocida en los tribunales.

Su característica principal era su acrisolada honradez, a toda prueba, no había nada ni nadie que pudiera influir en sus asuntos en los que casi siempre terminaba como vencedor.

Incontables presos obtuvieron su libertad gracias al “Hombre del Corbatón”, al samaritano de la abogacía, como también le llamaban, quien al paso del tiempo remataba su pintoresca manera de vestir con una luenga barba lo mismo que con enormes mostachos que se confundían con la larga piocha.

Muchas veces en lugar de cobrar sus honorarios, terminaba poniendo de su bolsillo y aunque sí cobraba por sus servicios, lo hacía de manera simbólica y una vez que reunía alguna cantidad de dinero se iba de visita a Lecumberri y lo repartía entre los reos más necesitados o bien entre los familiares de éstos.

Su presencia era temida por jueces pillos, empleados corruptos y litigantes voraces, pues una vez que él tomaba un caso en sus manos, era casi seguro que su defendido terminara en libertad sin que fuera “exprimido” por algún otro abogado.

Luego de muchos años de brindar ayuda a los presos humildes, a los más necesitados y de convertirse en un auténtico paladín de la justicia, de pronto desapareció, dejó de asistir a los juzgados y dejó muchos casos pendientes.

Fue hasta 1959, cuando se volvió a saber de él, pero ya había muerto.

Murió a la edad de los 83 años, en un cuartucho enclavado en el viejo barrio universitario, solo y en la pobreza.

LA BANDA DEL AUTOMÓVIL GRIS

A través de la época revolucionaria, El Palacio Negro de Lecumberri cobró mayor fama tras el encarcelamiento de los integrantes de la entonces famosa “Banda del Automóvil Gris”, formada por el español Higinio Granda, su paisano Rafael Mercadante y los mexicanos Bernardo Quintero, Luis Lara, Trinidad García, Francisco Cedillo y Juan Oviedo.

Todos ellos habían sido detenidos con anterioridad por diferentes delitos y purgaban sus respectivas condenas en la Cárcel de Belén, lo que ahora es la escuela primaria “Revolución”, enclavada en la esquina de Balderas e Izazaga, a un costado de la estación del Metro del mismo nombre.

Durante la Decena Trágica, una de los cañonazos destruyó parte de uno de los muros de la citada cárcel y de esa manera lograron escapar medio centenar de reos, entre los que figuraron los que llegarían a formar la temible banda del “Automóvil Gris”.

Higinio y Rafael, que ya habían trabado amistad con los que serían sus cómplices, al escapar se toparon con un “piquete” de soldados que se acercaron para ver qué había ocurrido. Sin amilanarse los sujetos abatieron a “puntazos” (afiladas varillas) a los militares y de inmediato los despojaron de sus uniformes, armas y demás implementos que los hicieron ver como militares.

Granda, con un dinero obtenido durante uno de sus tantos asaltos se compró un auto de color gris y de esa manera, vestidos como militares, llevaban a cabo sus cateos particulares.

Siempre utilizaban el mismo truco para meterse a residencias donde se apoderaban de todo para “confiscarlo en nombre de la Revolución”, siempre con la promesa de devolverlo todo cuando los inculpados demostraran su inocencia.

Vestidos como soldados y con la violencia que los caracterizaba, nadie ponía en duda que se trataba de efectivos militares y de operaciones legales y de esa manera arrasaban con todo lo que encontraban a su paso lo mismo en domicilios particulares que en grandes comercios y empresas.

Otra de sus características, era la de qué si encontraban mujeres a su paso, éstas eran violadas con lujo de violencia y después asesinadas.

Su medio de transporte siempre fue el automóvil gris que los volvió inconfundibles, además de que utilizaban documentación falsa que los acreditaba como militares.

En más de una ocasión fueron interceptados por verdaderos militares o policías, pero siempre se les escurrían de entre las manos gracias a la documentación apócrifa elaborada por Luis Lara.

Cuando elegían la residencia o el lugar que sería asaltado, Luis Lara imprimía los documentos falsos en los que los moradores eran señalados como “posibles enemigos de la causa” y de esa manera no había casi nadie que pudiera escapar a sus fechorías.

Uno de sus más espectaculares golpes, que fue un abierto asalto, fue el robo a la Tesorería de la Federación de donde se llevaron más de 10 millones de pesos, de aquella época, y más de 50 kilos en alhajas, relojes, piedras preciosas y barras de oro y plata.

A la famosa banda, se le relacionó en muchas ocasiones con la cupletista María Conesa, la famosa “Gatita Blanca” y se dijo entonces que las costosas joyas que lucía era resultado de la relación que sostenía con el general Juan Mérigo, de quien se dijo que era uno de los altos militares que daba protección a la Banda.

Su captura fue paulatina; el primero en caer fue Higinio Granda, en las inmediaciones del cine Politeama, pero en menos de 72 horas logró escapar disfrazado de civil y se refugió en Almoloya de Juárez, Estado de México, hasta donde fue perseguido y finalmente recapturado.

Los demás miembros de la banda fueron detenidos gradualmente, en diferentes ocasiones y todos terminaron encarcelados en el Palacio Negro de Lecumberri de donde ya no salieron.

Mercadante murió envenenado, Oviedo asesinado a puñaladas, Quintero aparentemente se suicidó, Granda fue muerto durante un motín, Cedillo en una riña entre reos y a Luis Lara le aplicaron la “Ley Fuga”, de esa manera todos murieron dentro de la penitenciaría y fue el fin de la temible “Banda del Automóvil Gris”.

“EL PELÓN SOBERA DE LA FLOR”

Para continuar con la gayola criminal, proseguiremos con Higinio Sobera de la Flor, apodado “El Pelón Sobera”, un sujeto agresivo, violento, multimillonario, cuya esquizofrenia lo llevó a cometer varios crímenes sin razón ni motivo, solamente porque lo “hicieron enojar”; el artero asesinato de un militar por un incidente de tránsito, llevó a su captura en menos de 72 horas y ya estando tras las rejas, aceptó cínicamente y con lujo de detalles narró cómo había victimado cuando menos a otras cuatro personas en diferentes ocasiones.

De acuerdo a investigaciones del Servicio Secreto, considerado en la década de los años cincuenta, como una de las mejores policías del mundo, Higinio nació en la ciudad de México y su domicilio se ubicaba en la calle Mérida, número cuatro, colonia Roma.

Sin embargo, en los archivos de la entonces Dirección de Tránsito aparecía como originario de Tabasco, de 24 años de edad, sobrino del ex gobernador de dicho estado, Noé de la Flor Casanova, que en esa época fungía ya como magistrado del Tribunal Superior de Justicia.

Era hijo del acaudalado comerciante español José Sobera, de quien se dice que heredó una millonaria fortuna, el padecimiento de la esquizofrenia y un voraz y desmedido apetito sexual que lo llevaba a ser asiduo cliente de cabarets y prostíbulos, uno de ellos era el famoso Waikiki, en Paseo de la Reforma, donde gastaba a manos llenas el dinero en alcohol, drogas y mujeres.

Millonario y excéntrico al fin, vivió siempre al filo de la violencia y de la muerte, en situaciones que él mismo propiciaba. Cuentan que en enero de 1950 raptó a una joven “porque le gustó” y por la fuerza la subió a su coche, un Mercury último modelo, donde a punta de pistola abusó de la dama y después la arrojó del auto en marcha.

Los escándalos y fechorías del “Pelón Sobera” eran sobradamente conocidos en lupanares de la Ciudad de México, de Tamaulipas, Veracruz y Tabasco, pero gracias a su dinero y a que sólo permanecía poco tiempo en el mismo lugar, por mucho tiempo burló a las autoridades.

En otra ocasión, tras salir de uno de tantos tugurios, acompañado de varios amigos, entre ellos un piloto aviador retirado, a bordo de una Buick se dirigieron a la ciudad de Toluca, en el Estado de México.

Todos ellos iban bebiendo y drogándose, mientras que el piloto decía que no había otra cosa mejor que volar.
Higinio que conducía a gran velocidad el vehículo convertible, aceleró
aún más y preguntó al piloto:

-¿No te da miedo volar?

-Al contrario, en el aire es donde me siento mejor, respondió su amigo y entonces “El Pelón Sobera”, al llegar a una pronunciada curva, enfiló el auto hacia el despeñadero al mismo tiempo que gritaba enloquecido: “¡Pues vámonos a volar todos!”.

Todos resultaron heridos, aunque Higinio en menor grado, pues de alguna manera él si se preparó para el momento de la volcadura, en tanto que a sus acompañantes los tomó desprevenidos el percance y si tuvieron que ser internados.

Higinio quedó detenido por unas horas, pero por unos cuantos pesos fue puesto en libertad.

Pero la negra historia de “El Pelón Sobera” se hizo conocida el domingo 11 de mayo de 1952, cuando por un incidente de tránsito en la misma colonia Roma, donde vivía, mató a balazos a un militar.

El percance tuvo lugar en la esquina de Insurgentes y Yucatán, donde el capitán del Ejército, Armando Lepe Ruiz, tío de la bella actriz Ana Bertha Lepe, chocó levemente su vehículo contra el Buick que conducía Higinio Sobera. El daño no fue mayor, sin embargo “El Pelón” reclamó airadamente al militar y éste optó por ignorarlo y tratar de retirarse por lo que volvió a subir a su auto.

Sin decir nada, Higinio se dirigió al volante y le descargó la carga de su pistola al Capitán, ante la presencia de María Guadalupe Manzano, quien vio aterrada como era acribillado su novio. El cadáver quedó al volante, con siete impactos de bala en diferentes partes del cuerpo, mientras Higinio se daba a la fuga.

Correspondió al entonces agente 193 del Servicio Secreto, Jorge Udave González, hacerse cargo de las investigaciones y luego de las pesquisas correspondientes, estableció que se trataba de Sobera de la Flor, quien en ese tiempo se alojaba en el Hotel Montejo, en Florencia y Reforma.

Udave González, junto con otros agentes montaron guardia permanente en el referido hotel, donde permanecieron toda la noche del 12 de mayo. La orden era detener al asesino. Ya en la madrugada del día siguiente, llegó Higinio y pidió la llave de su habitación número 108. Lo dejaron que llegara hasta el cuarto, esperaron a que se confiara y se durmiera y después, sin disparar un solo tiro, lo detuvieron.

El entonces agente Udave, a la postre mayor y uno de los jefes del reconocido SS, se hizo pasar como mozo del hotel y se introdujo a la habitación con el pretexto de llevar toallas limpias.

Higinio estaba aún vestido y sobre el buró tenía su pistola 380 automática y una caja de cartuchos que no tuvo tiempo a usar.

Al momento de su detención, se le apreciaron manchas de sangre en la camisa, lo que llevó a los investigadores a interrogar al desequilibrado sujeto que terminó por confesar otro de sus crímenes.

Cínicamente, dijo que después de asesinar a Armando Lepe, dio muerte a la joven Hortensia López Gómez, en el interior de un auto de alquiler.

Al cuestionársele por qué la había matado, Higinio respondió:

-Eso fue por mera puntada que me alcancé.

Dijo que cuando vio a la joven le gustó mucho y no pensó en otra cosa que hacerla suya. La siguió y cuando se subía a un taxi, le abrió la portezuela y también se subió a la vez que, sin conocerla, le gritaba que no lo abandonara, como si mantuvieran alguna relación.

El chofer del taxi, Esteban Hernández, no acertaba qué hacer, mientras la joven era víctima de manoseos y jalones. Hubo un momento en que la joven le escupió la cara y entonces Higinio sacó su pistola y le disparó en varias ocasiones. Su muerte fue inmediata.

Después amenazó al chofer y lo obligó a continuar la marcha. En un sitio oscuro, a la altura del Bosque de Chapultepec, lo hizo que bajara y se puso al volante continuó su marcha hasta la posada Palo Alto, donde introdujo a la joven, ya muerta, a una de las habitaciones.

Al administrador le dijo que era su novia y se había puesto “borrachita”, después abusó sexualmente del cadáver (necrofilia) y durmió abrazando toda la noche. Al día siguiente condujo el taxi por el rumbo de Tacubaya y abandonó el cadáver frente al número 15 de la calle General León.

Después se conocería del macabro hallazgo del cuerpo de Hortensia, de 23 años de edad, quien vivía en Parral 58, Colonia Chapultepec-Condesa y estaba próxima a contraer nupcias.

Al conocerse el perfil criminógeno de Sobera de la Flor, de acuerdo al criterio del criminólogo Alfonso Quiroz Cuarón y los peritos José Casado y Alfonso Millán, que dictaminaban una esquizofrenia aguda y saber de otros crímenes absurdos, sin razón ni causa justificada, se ahondaron las pesquisas y luego de profundos interrogatorios se conoció que Higinio había tenido responsabilidad en otros asesinatos con el mismo patrón.

Entre ellos se descubrieron los asesinatos del jovencito Pedro Arnoldo Galván Santoyo, de 17 años de edad, en las calles de Madrid, en Coyoacán; el del estudiante Guillermo Solórzano, cuyo cadáver fue llevado por el mismo asesino a la Cruz Roja, de donde huyó sin que pudiera ser identificado.

La opinión pública se conmocionó y exigía que se reimplantara la pena de muerte para castigar al multi homicida o al menos se le enviara a las Islas Marías y se le condenara a cadena perpetua.

Sin embargo, nada de eso ocurrió. Fue consignado a un juzgado del Palacio Negro de Lecumberri y se la asignó una celda en la crujía “H”, donde permaneció varios años, lapso en el que productoras de películas y empresarios de teatro realizaron cortos y obras donde narraban los aberrantes e incomprensibles crímenes del “Pelón Sobera”.

Sus abogados consiguieron finalmente que se le declarara loco, pero no fue enviado al manicomio de La Castañeda, sino a su casa, en la colonia Roma, ya que los 15 años de reclusión habían causado estragos y de aquél energúmeno que mataba sólo por placer, sólo quedaba un inválido en silla de ruedas tras de permanecer inmóvil por algunos meses, en estado catatónico.

Sus últimos días los pasó en uno de los parques de la colonia Roma, a donde era llevado en una silla de ruedas, nadie imaginaba que aquél despojo humano era el despiadado “Pelón Sobera”, cuyos crímenes hicieron que por mucho tiempo ocupara las primeras planas de la nota roja.

LA MADRE CONCHITA TORAL Y EL PADRE PRO

Concepción Acevedo y de La Llata, miembro del convento de Las Madres Capuchinas Sacramentarias, conoció al padre Miguel Agustín Pro Juárez, en 1927, época en que el conflicto entre la Iglesia y el Estado hundía en un baño de sangre al país y ensombrecía el panorama político.

Por las ideas activistas de la Madre Conchita, el convento fue clausurado y las autoridades le advirtieron que disolviera su agrupación, por lo que tuvo que refugiarse en una casona de las calles de Mesones, en pleno corazón de la Ciudad de México, donde conoció a otras personas con ideas afines a su activismo.

Fue el Padre Pro, quien le propone ofrecerse como “víctima a la justicia divina por la salvación de la fe en México” y junto con varios simpatizantes más planean el asesinato del general Álvaro Obregón Salido, para lo cual el 13 de noviembre de 1927 arrojan bombas con dinamita al vehículo donde viajaba el general.

El atentado de la Liga Defensora de la Libertad Religiosa fracasa y como resultado caen preso los hermanos Miguel, Humberto y Roberto Pro y 10 días después, el 23 de noviembre, el general Roberto Cruz Díaz (“El Indio que mató al padre Pro”), en acatamiento a las órdenes del presidente Plutarco Elías Calles, fusiló al clérigo.

La Madre Conchita, en un acto de lealtad, acompañó el cuerpo del sacerdote católico hasta el Hospital Central Militar donde moja un pañuelo con la sangre del padre Pro y refrenda su compromiso de vengar su muerte.

A fines de 1928 se conocieron la Madre Conchita y José de León Toral, amigo de la infancia del padre Pro y juntos planearon de nueva cuenta el asesinato de Álvaro Obregón.

El martes 17 de julio de ese mismo año, Toral simuló ser un caricaturista y luego de hacer varios dibujos de los asistentes logró acercarse hasta el general, quien desayunaba con otros miembros de su gabinete en el lujoso restaurante “La Bombilla”.

El pretexto fue mostrarle la caricatura que le había hecho, sólo que al estar frente al llamado “Manco de Celaya”. Sacó su arma y le disparó en seis ocasiones. Su muerte fue instantánea.

Fue capturado y llevado a Lecumberri, donde siete meses después fue fusilado en la muralla norte de la prisión; el capitán Juan Arévalo fue quien le dio el tiro de gracia.

Mientras tanto, Concepción Acevedo de la Llata recorrió la cárcel de Belén, la de Mixcoac, la de San Ángel, el Palacio Negro de Lecumberri y las Islas Marías, condenada a 20 años de prisión.

Finalmente, dos días antes de que cumpliera 82 años de edad y ya habiendo contraído nupcias, previo permiso de El Vaticano con Carlos Castro Balda, a quien conoció durante su estadía en las Islas Marías, falleció víctima de un paro cardíaco.

Su muerte ocurrió, irónicamente, en una vieja casona de la avenida Jalisco de la Ciudad de México, cuyo nombre ya había sido cambiado por el de ¡Álvaro Obregón!