Reportajes Especiales Retropoliciaca

KAPLAN PURGABA CONDENA POR HOMICIDIO

  • Cumplía una sentencia de 28 años por el asesinato NO COMPROBADO de su socio Louis Melchior Vidal, en el negocio de contrabando de armas 

José Sánchez | La Opinión de México | Sol Quintana Roo | Sol Yucatán | Sol Campeche

(Cuarta de siete partes) 

Ciudad de México.- Un odiado dictador que muere en una emboscada, su ahijado huye de Estados Unidos, un trío de conspiradores se traslada a México para traicionar y “eliminar” al prófugo y se desata una persecución contra los homicidas, en medio de asombrosas influencias norteamericanas.  

Tal podría ser el resumen del drama que culminó en la “Fuga del Siglo”, explicada minuciosamente en el libro “Kaplan, Fuga en Diez Segundos”, de la editorial Lasser Press Mexicana. 

El cadáver del ahijado Louis Melchior Vidal había sido encontrado en un paraje de la carretera México Cuernavaca, sitio conocido también como “El Kiosko”, adjetivo identificado por el soviético Evsai Petrushansky, uno de los tres homicidas, quien alguna vez aclaró que “Kiosko” en ruso significa “Mirador”. Otras personas llamaban a la zona “El Segundo Cantil”.  

Los autores Eliot Asinof, Warren Hinckle William Turner explicaron en 1973, en inglés y posteriormente en español, que “durante el último decenio, no hubo un hombre más rico en todas las prisiones de México ni que persiguiera con más ahinco su libertad que el norteamericano Joel David Kaplan, un heredero extraño, tímido, de la industria de la melaza, quien estaba cumpliendo una sentencia de 28 años por el asesinato NO COMPROBADO (¿?) de su socio Louis Melchior Vidal, en el negocio de contrabando de armas”.  

Y que la situación social de Kaplan cambió dramáticamente de la de millonario perdedor a la de héroe del momento, cuando el miércoles 18 de agosto de 1971, se escapó de la prisión de Santa Martha Acatitla a la manera de James Bond: fue sacado en vuelo en un helicóptero dotado de una turbina sobrealimentadora, llevándose con él a otro cautivo venezolano y mentiroso, quien habría de publicar un libro mediocre atribuyéndose el crédito del escape.  

El relato de los tres autores comenzó cuando Wlliam Turner, jefe de redacción de una revista y antiguo agente especial del FBI, se enteró por un camarero de Brooklyn de que tenía pruebas concretas de que Louis Melchior Vidal Jr., había tenido importantes vinculaciones con la CIA.  

Algunos de los indicios que dio el camarero eran ciertos, y encajaban en una investigación de Turner sobre J. M. Kaplan, tío de Joel David Kaplan. El financiero tenía una fundación “caritativa” que en realidad era conducto de la CIA para la canalización clandestina de fondos a organizaciones internas y a políticos de la región del Caribe.  

Turner se entrevistó con Joel David Kaplan en la prisión de Lecumberri, de aspecto medieval. “Joel presentaba un aspecto pálido y demacrado, con un leve tono azafranado que quizá fuera el resultado de un ataque de hepatitis. Sus comentarios fueron enigmáticos y se quedó atónito cuando le pregunté si era agente de la CIA.  

Sostuvo que su socio no estaba realmente muerto (¿?) y no hacía más que mencionar La Habana, diciendo que él conseguiría algunas respuestas allí. Manifestó que le habían amañado la acusación y decía que había intervenido el dinero de algún otro. Le pregunté qué dinero y la entrevista terminó sin aclaración”, comentó Turner.  

Parecía que el único medio de llegar al fondo del negocio de Kaplan consistía en sacar a Joel de la prisión y hacerle que hablara como hombre libre. Intervino entonces la hermana de Kaplan, Judy Dowis. Pasaron meses adicionales y de pronto sucedió…la huida del siglo.  

Así, mientras veintenas de otros reporteros hacían retumbar los suelos estérilmente, constituidos en patrulla periodística sin rumbo en busca de Kaplan, William Turner y Warren Hinckle tomaron el teléfono y se les unió Eliot Asinof. Se requeriría un año de trabajo adicional de los tres autores para que completaran sus investigaciones.  

El medio de actividades ilegales y de operaciones de servicios de inteligencia en que se desenvolvió la crónica hizo difícil para los tres escritores separar el grano de los hechos de paja de las mentiras y las ilusiones.  

Y en algunos casos tuvieron que acceder a guardar el anonimato de un informante.  

Eran las 18.35 horas del 18 de agosto de 1971, en la prisión de Santa Martha Acatitla, ciudad de México.  

Un helicóptero dotado de turbina sobrealimentadora desciende a través de la lluvia brumosa a un patio interior donde dos presos que lo aguardaban echan a correr y trepan a bordo. Diez segundos más tarde asciende elevándose sobre los muros de más de diez metros a plena vista de los asombrados guardianes de la torre y desaparece en su vuelo sin que se dispare un solo tiro.  

Los reportajes descubren que uno de los fugitivos era el asesino convicto Joel David Kaplan, millonario norteamericano de la industria de la melaza y el azúcar, con un historial de participación en la política de la región del Caribe, y sobrino del financiero neoyorquino bien relacionado Jacob M. Kaplan, cuya Kaplan Fund, instituida sin miras lucrativas, se había descubierto en 1965 que era un conducto secreto de la CIA.  

Un despacho de la agencia Reuter atribuía al distinguido abogado mexicano Víctor Velázquez, (padre del penalista Juan Velázquez, quien es famoso en México por defender altos funcionarios y al expresidente Luis Echeverría Álvarez), defensor del fugado en helicóptero, que “Kaplan era sin duda un miembro de la CIA y sólo la CIA pudo haberlo puesto en libertad”.  

Pero el The New York Times informaba después que el mismo Víctor Velázquez había manifestado que “no creía que la CIA hubiese estado envuelta en absoluto, porque no hubieran esperado nueve años a sacarlo”.  

Se decía que la política no le interesaba a Vidal, sino los negocios que se le facilitaban porque su padre tenía gran amistad con Eisenhower, a grado tal que entraba y salía de la Casa Blanca cuando necesitaba acudir, todo mundo conocía su derecho de picaporte.  

Louis Melchior hacía negocios con cualquiera, desde un derechista con su padrino, el dictador Rafael Leónidas Trujillo Molina como el izquierdista Fidel Castro Ruz.  

Sus operaciones parecían divertirlo, la forma en que manejaba sus contrabandos de armas suministraba un ejemplo de sus métodos. Para hacer sus transacciones lucrativas no parecía detenerse ante nada, conocía a todos los vendedores que tenían acceso a las armas, a todos los tipos de éstas, incluyendo desde B-24 de la Segunda Guerra Mundial hasta modernos rifles Enfield.  

Vidal solía volar por ejemplo hacia Dallas, Miami o Nueva Orleáns, se reunía con revolucionarios latinoamericanos por la tarde y durante la noche con los contrarrevolucionarios, luego en ocasiones vendía a ambos el mismo embarque de armas, cabe presumir que para dejarles después que lucharan por ella a través de algún intermediario sacrificado.